La tranquilidad estival de un pequeño pueblo se acaba con el sonido de un viejo cuatro cilindros atmosférico. Seguido del zumbido de un flamante V8 americano que abruma en la lejanía. Se acercan, pero hay más. Resoplan turbos europeos. Ya no se escuchan los trinos de las aves y las paredes de las casas de piedra tiemblan al paso de una vieja manada de hierro y gasolina:


















